FRIKAS MX

Fuente de datos meteorológicos: Wettervorschau 30 tage

Opinión | “Perrea, Lenin, perrea”: lo que el show de Bad Bunny nos revela del capitalismo

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp

Una reflexión incómoda de Sebastian Kohan Esquenazi sobre la batalla cultural, el elitismo progresista y la desconexión entre la izquierda y la cultura popular.

La noche del domingo, en el Medio tiempo de ese evento tan gringo llamado Super Bowl, sucedió uno de los eventos más disruptivos que el capitalismo nos haya regalado en los últimos tiempos. Tengo que aceptar que no vi el partido y que prefiero barrer y planchar antes que hacerme eso, y que el último partido de ese football (que no se juega con los pies, y no usan exactamente una pelota) que vi en la televisión lo jugaba Dan Marino, allá por 1989.

Después, por ahí del año 2000, tuve el desagrado de viajar a Washington y presenciar en el estadio un partido de la NFL en el que se enfrentaban los Redskins contra los Giants, en lo que resultó una experiencia sumamente lamentable. Un partido de ese deporte en vivo y en directo es, desde el lado humano, una experiencia realmente desesperanzadora, aunque desde el lado antropológico, sumamente enriquecedora: la muestra irrefutable de que ciertos humanos de la sociedad estadounidense son realmente infantiles y que representan perfectamente a una sociedad inmadura y sin intención de cambiar su rumbo.

Foto de Bad Bunny y Lady Gaga bailando salsa

El reguetón como fenómeno cultural masivo en América Latina.(Foto: Kevin C. Cox/Getty Images)

Como verán, no tengo relación con ese deporte ni admiración por su cultura, y me molesta bastante tenerlos tan cerca y sobre todo la idea de que nuestra cultura esté tan permeada por la suya.

El domingo en la tarde noche, mientras ordenaba mis calzones en un concienzudo degradé de colores, escuché la inconfundible voz de ese músico al que no se le entiende nunca nada cuando canta, pero al que sí se le había entendido todo cuando cuestionaba la existencia de ese grupo de criminales sueltos en Estados Unidos llamado ICE durante la entrega de los Grammys (premio con el que mantengo la misma distancia que con el Super Bowl).

Estaban la Negra y Martina, pareja e hija respectivamente, viendo el Medio tiempo del partido y me acerqué sigiloso para ver qué sucedía. Mi primera intención, la más instintiva, fue ignorar el evento y no alimentar el rating, pero después, cierta inquietud se apoderó de mí y me exigió que lo viera, y lo vi. Y me emocioné. Afortunadamente me hice caso y no me negué a ver lo que quería ver.

Hace no demasiados años hubiese estado muy en desacuerdo con el yo de hoy, argumentando que nada nacido de las entrañas del capitalismo era digno de considerarse rupturista, y que además, no solo no era algo positivo, sino, muy por el contrario, algo negativo dado que era un discurso antisistema siendo absorbido y asimilado por el sistema mismo.

Hoy creo que puede ser, pero también creo lo contrario.

Estoy cada vez más convencido de que, aunque la gran mayoría de los problemas del mundo son consecuencia del capitalismo y de su interesada e inhumana forma de ver y gestionar la existencia, creo también que las izquierdas (signifique lo que signifique esa palabra tan en desuso) no han sabido comunicar su forma de ver el mundo al resto del mundo, es decir, a todos los que no son ellos, y que son o somos responsables de nuestro propio aislamiento.

No creo que la actuación de Bad Bunny haya sido revolucionaria, ni anticapitalista, pero tampoco creo que gran parte de las izquierdas actuales lo sean.

Y así como el show de Benito no es un acto revolucionario, sí fue un efectivo acto de comunicación. Es decir, que el mensaje llegó del emisor al receptor y que era, además, un mensaje urgente. Utilizó al sistema para dejar explotar una pequeña bombita simbólica en su interior. Es cierto que el umbral de alegría está muy bajo y que últimamente estamos necesitados de buenas noticias, lo cual hace que nos alegremos con cualquier cosa. Sin embargo, más allá de la coyuntura, también es cierto que las izquierdas, los progres y los intelectuales del mundo unidos llevan años, si no siglos, sin saber comunicar y sin lograr que los mensajes lleguen del emisor al receptor.

Apple Music Super Bowl LX Halftime Show

El medio tiempo del Super Bowl, uno de los escenarios más vistos del mundo. (Foto: Neilson Barnard/Getty Images)

Más allá de la realpolitik, los pensadores y comunicadores progres llevan décadas ninguneando a todos aquellos seres humanos que no piensan como ellos. Años, si no siglos, ninguneando y despreciando a la población, esa que consideran sabia cuando los vota e ignorante cuando no. Eso que llaman “pueblo” cuando corea lemas contestatarios, pero que llaman “gente” cuando baila reguetón.

Creo que es urgente e indispensable que, desde aquello que llamamos izquierda, eso que suena muy antiguo y que ya nadie sabe qué significa, empecemos a darnos cuenta de que perdimos, que casi nadie nos cree, que casi nadie nos entiende, y que quizás, esa desconexión con la gente sea, en parte, nuestra responsabilidad. Sí, es cierto que nos enfrentamos a un enemigo inmenso, que tiene de su lado la riqueza, las armas y los medios de comunicación, pero también es cierto que, quizás, no todo lo que sucede en el mundo es culpa de los demás. Creo que es momento de pensar que, tal vez, nosotros también somos parte del problema y no de la solución.

Aprovecho el show de Benito para pensar en eso llamado batalla cultural y para pensar en cómo la estamos encarando nosotros (sin saber muy bien quienes somos nosotros). No voy a hablar del enemigo, no voy a darme latigazos mientras me escandalizo porque el fascismo está de moda, ni voy a hablar de Trump y sus secuaces universales. Creo que no hace falta hablar porque es evidente, porque ellos mismos se sacaron las caretas y dejaron atrás ese estúpido lenguaje de las democracias que casi nunca lo son, y arrojaron lejos las máscaras de lo políticamente correcto. Hoy invaden países para llevarse su petróleo, y lo dicen. El fin de la hipocresía de las ultraderechas deja a los progresismos muy desubicados, intentando mantener las formas y las mentiras mientras las reglas del juego exigen, o al menos, nos dan la posibilidad de decir la verdad. Tal vez, solo tal vez, deberíamos aprovechar la posibilidad.

Es cierto que no es lo mismo ser un político que ser militante, intelectual, artista, periodista, analista, opinólogo, o cualquier figura externa o satelital a la política. Los políticos viven y trabajan de eso y buscan mantener su trabajo, su sueldo, sus votantes, y sobre todo, la gobernabilidad. Por eso se entiende que el progresista gobierno mexicano haya dejado de mandar petróleo a Cuba tras la amenaza del presidente del mundo. Se entiende aunque no se comparta. Lo que no se termina de entender son todos esos agentes satelitales que orbitan alrededor de los progresismo u oficialismos y que hacen todos los esfuerzos imaginables para justificar cualquier cosa, sin ganar absolutamente nada, salvo el placer de su propio convencimiento.

Esos progresistas de izquierda (o de derecha) que, solo por dar un ejemplo, negaron o justificaron la represión y los pesos políticos en la Venezuela de Maduro hasta ayer. Esos progresistas de izquierda-centro-derecha que no tenían ningún problema con que un gobierno hiciera aquello que rechazarían tajantemente si lo hiciera otro gobierno. Si lo hacemos nosotros está bien, todo sea por la justicia social, pero no vayan hacerlo los otros porque serán unos fascistas. Y así estamos, hace años, si no siglos, yendo por la vida con la boca llena de razón.

Apple Music Super Bowl LX Halftime Show

Multitudes celebrando música urbana en un concierto masivo.(Foto: Thearon W. Henderson/Getty Images)

Políticos, militantes, intelectuales, artistas, periodistas, analistas, opinólogos y demás, demostrando una soberbia que no sirve para nada más que para quedarnos solos. Solos con nuestra razón y nuestra superioridad moral. Y dándonos la razón entre nosotros. Políticos, militantes, intelectuales, artistas, periodistas, analistas, opinólogos y demás, que actúan generalmente desde sus acomodadas posiciones de clase media sin darse cuenta de que analizan, miden y valoran el mundo desde el pedestal de sus propios criterios y de sus diminutos microclimas, simplificando la realidad hasta su más mínima expresión.

Solemos creer que el mundo avanza y que nos deconstruimos a la velocidad de la luz porque eso nos muestran nuestros algoritmos. Pero basta salir un poco del barrio, poner la oreja en las conversaciones ajenas en el metro, o sumergirnos un segundo en los algoritmos de otros ecosistemas, para darnos cuenta de que estamos hablando solos.

Las personas que trabajan 12 horas por un sueldo mínimo no tienen tanto tiempo como nosotros para deconstruirse ni para cuestionar la heteropatriarcalidad ni para gosthligtearse ni para ver y comparar los argumentos de la vanguardia del pensamiento hiper avanzado de los periodistas, youtubers, o influencers de la izquierda postverdadera. Estamos solos y nos hablamos entre nosotros con esa sonrisita de medio lado, un poco irónica y sobrada, de aquellos a los que la inteligencia infinita los acompaña a todos lados.

Una de las formas más extendidas dentro del pequeño o inexistente universo de la intelligentsia de la izquierda moderna para plantar su bandera en el ecosistema global, es cuestionar el reguetón. No paran y no van a parar de defenestrar la música que escucha la gran mayoría de la humanidad. Es cierto que la cultura está en crisis, que la gente ya no lee, que la vida existe en las redes, que lo importante es tener seguidores, que los espectadores miran su teléfono mientras ven películas, que los jóvenes ya no ven partidos de futbol sino highlights y que las revistas ya no nos pagan las crónicas que escribimos, pero también es cierto que ese es el mundo y que todo, absolutamente todo, tiene causas. Y que los progres y los avanzados, en vez de ningunear al otro, deberían bajarse de su pedestal de razón y aprender a escuchar. Escuchar. Si no lo hacen no van a poder comunicarse. Y si no comunican, da igual si tienen razón o no, porque van a seguir solos hasta el fin de los días.

Ya no necesitamos tener razón, no sirve para nada. Necesitamos entendernos. Porque este mundo polarizado no se polarizó porque Trump es malo, tonto, feo, fascista, racista y machista (que también), sino porque nos atrincheramos en nuestra propia soberbia y nos dejamos de escuchar. Y, a una acción se sigue siempre una reacción, y la soberbia de la izquierda generó una reacción muy perjudicial: el rechazo de las mayorías. Mientras tanto nosotros, orgullosos, maldecimos al vecino porque escucha reguetón. Si seguimos así corremos el riesgo de convertirnos en Fito Páez, el gran ejemplar de los zombis del progresismo de élite.

Un espectro se cierne sobre el mundo. Es el espectro del reguetón. Y mientras el mundo perrea, nosotros perdemos por goleada la batalla cultural. Y quizás nunca la estuvimos ganando. Tal vez siempre estuvimos igual de solos y derrotados, pero no terminábamos de darnos cuenta hasta que las redes sociales nos hicieron pedazos.

Tal vez los años 70 fueron un quiebre, quizás ahí fuimos un peligro y por eso nos tuvieron que matar y desaparecer (bueno, a nuestros padres). Pero no sé. Quizás nunca estuvimos bien posicionados, y la épica de los años 70 nos esté jugando en contra. Tal vez creímos que las cosas estaban mejorando porque después de las guerras mundiales y con el mundo exhausto de morir, nos dimos una tregua en la que surgieron algunas democracias, algunos estados de bienestar y claro, algunos gobiernos populares. Tal vez se lograron avances reales y se conquistaron derechos, aunque detrás de eso nunca cesaron las guerras, las persecuciones, las hambrunas, y América Latina nunca dejó de ser el continente más desigual, África el más pobre, Asia el más cruel y Europa el más hipócrita.

También es cierto que durante las últimas dos décadas tuvimos en América Latina más gobiernos progresistas y populares que nunca antes en la historia de la humanidad. Y que quizás, solo quizás, eso dio lugar a ciertos niveles de progreso y resquicios de esperanza, pero también es cierto que de esas décadas no salimos mejor parados que antes y que los gobiernos populares entraron en grandes contradicciones y se convirtieron en el mal menor y pusieron como prioridad la gobernabilidad antes de que la credibilidad y que intentaron cambiar sus propias constituciones para eternizarse en el poder, y que, en suma, nos comenzamos a comportar como el enemigo. Quizás el experimento no salió demasiado bien y ahora estamos solos y desolados sin entender la razón, y que millones de personas que, con razón o sin ella, con argumentos o sin ellos, no confiaban en nosotros, ahora confían menos.

Es cierto que el enemigo es fuerte, pero también que algo estamos haciendo mal y que nos toca mirarnos por una vez a nosotros mismos y dejar de culpar a los medios de comunicación por manipular la información porque además, los medios de comunicación de la izquierda han manipulado toda la información que han querido mientras han podido. Ya no se trata de ellos, se trata de nosotros. De poder hablar y escuchar al que piensa diferente, al que no entendemos, al que no nos entiende, porque de lo contrario seguiremos solos y en sociedades partidas al medio. Cada uno en la soledad de su algoritmo, escuchando lo que quiere escuchar y dándose la razón una vez y otra también. Cada uno acariciándose a sí mismo, convencido de que los demás no entienden nada.

Hace unos años vi un comercial, no recuerdo de qué, donde un padre dentro de su auto espera a su hijo adolescente afuera de la escuela. El padre escucha una canción de Locomía, y canta y baila y hace gestos de abanico con toda la pluma y es feliz, locamente feliz, hasta que ve a su hijo a punto de subirse al auto, apaga la música y pone cara de nada. Ese padre me parece la mejor representación de la izquierda. El padre, claro, me resulta encantador y hasta comparto un poco su súbita vergüenza. Con la izquierda no siento esa ternura, solo siento un rechazo por el nivel de hipocresía que hemos logrado implementar. Estoy convencido que a los progres también se les mueve la cadera cuando escuchan a Maluma en el pasillo del supermercado, pero que reprimen sus impulsos para estar a la altura de los juicios y prejuicios que se han impuesto y que no les sirven para nada porque nadie los está mirando.

Es cierto que Benito no es el Che Guevara, que Ricky Martin no es Gramsci, ni Karol G es Rosa Luxemburgo. Es cierto que el movimiento “latino” –con todas las comillas del mundo– de Estados Unidos no es un movimiento particularmente contestatario y que Gloria Stefan odiaba al gobierno cubano incluso cuando la isla era el país más igualitario y con el mejor sistema de salud del mundo, justo lo contrario que el país en el que ella vive. Todo eso es cierto, pero también lo es que el show del otro dia fue la mejor manera de aprovechar un resquicio y que cientos de miles de migrantes que están, hace meses, encerrados en sus casas, muertos de miedo en el país sin nombre, se deben haber sentido queridos y representados como nunca antes.

Si no vamos a lograr, por ahora, contrarrestar el capitalismo, el lobby de las redes sociales, el militarismo, los medios de comunicación, y otras tantas fuerzas, entonces por lo menos dejemos de mentir y de mentirnos, porque nos estamos arrinconando a nosotros mismos.

expansión