Una reflexión incómoda de Sebastian Kohan Esquenazi sobre la batalla cultural, el elitismo progresista y la desconexión entre la izquierda y la cultura popular. La noche del domingo, en el Medio tiempo de ese evento tan gringo llamado Super Bowl, sucedió uno de los eventos más disruptivos que el capitalismo nos haya regalado en los últimos tiempos. Tengo que aceptar que no vi el partido y que prefiero barrer y planchar antes que hacerme eso, y que el último partido de ese football (que no se juega con los pies, y no usan exactamente una pelota) que vi en la televisión lo jugaba Dan Marino, allá por 1989. Después, por ahí del año 2000, tuve el desagrado de viajar a Washington y presenciar en el estadio un partido de la NFL en el que se enfrentaban los Redskins contra los Giants, en lo que resultó una experiencia sumamente lamentable. Un partido de ese deporte en vivo y en directo es, desde el lado humano, una experiencia realmente desesperanzadora, aunque desde el lado antropológico, sumamente enriquecedora: la muestra irrefutable de que ciertos humanos de la sociedad estadounidense son realmente infantiles y que representan perfectamente a una sociedad inmadura y sin intención de cambiar su rumbo. El reguetón como fenómeno cultural masivo en América Latina.(Foto: Kevin C. Cox/Getty Images) Como verán, no tengo relación con ese deporte ni admiración por su cultura, y me molesta bastante tenerlos tan cerca y sobre todo la idea de que nuestra cultura esté tan permeada por la suya. El domingo en la tarde noche, mientras ordenaba mis calzones en un concienzudo degradé de colores, escuché la inconfundible voz de ese músico al que no se le entiende nunca nada cuando canta, pero al que sí se le había entendido todo cuando cuestionaba la existencia de ese grupo de criminales sueltos en Estados Unidos llamado ICE durante la entrega de los Grammys (premio con el que mantengo la misma distancia que con el Super Bowl). Estaban la Negra y Martina, pareja e hija respectivamente, viendo el Medio tiempo del partido y me acerqué sigiloso para ver qué sucedía. Mi primera intención, la más instintiva, fue ignorar el evento y no alimentar el rating, pero después, cierta inquietud se apoderó de mí y me exigió que lo viera, y lo vi. Y me emocioné. Afortunadamente me hice caso y no me negué a ver lo que quería ver. Hace no demasiados años hubiese estado muy en desacuerdo con el yo de hoy, argumentando que nada nacido de las entrañas del capitalismo era digno de considerarse rupturista, y que además, no solo no era algo positivo, sino, muy por el contrario, algo negativo dado que era un discurso antisistema siendo absorbido y asimilado por el sistema mismo. Hoy creo que puede ser, pero también creo lo contrario. Estoy cada vez más convencido de que, aunque la gran mayoría de los problemas del mundo son consecuencia del capitalismo y de su interesada e inhumana forma de ver y gestionar la existencia, creo también que las izquierdas (signifique lo que signifique esa palabra tan en desuso) no han sabido comunicar su forma de ver el mundo al resto del mundo, es decir, a todos los que no son ellos, y que son o somos responsables de nuestro propio aislamiento. No creo que la actuación de Bad Bunny haya sido revolucionaria, ni anticapitalista, pero tampoco creo que gran parte de las izquierdas actuales lo sean. Y así como el show de Benito no es un acto revolucionario, sí fue un efectivo acto de comunicación. Es decir, que el mensaje llegó del emisor al receptor y que era, además, un mensaje urgente. Utilizó al sistema para dejar explotar una pequeña bombita simbólica en su interior. Es cierto que el umbral de alegría está muy bajo y que últimamente estamos necesitados de buenas noticias, lo cual hace que nos alegremos con cualquier cosa. Sin embargo, más allá de la coyuntura, también es cierto que las izquierdas, los progres y los intelectuales del mundo unidos llevan años, si no siglos, sin saber comunicar y sin lograr que los mensajes lleguen del emisor al receptor. El medio tiempo del Super Bowl, uno de los escenarios más vistos del mundo. (Foto: Neilson Barnard/Getty Images) Más allá de la realpolitik, los pensadores y comunicadores progres llevan décadas ninguneando a todos aquellos seres humanos que no piensan como ellos. Años, si no siglos, ninguneando y despreciando a la población, esa que consideran sabia cuando los vota e ignorante cuando no. Eso que llaman “pueblo” cuando corea lemas contestatarios, pero que llaman “gente” cuando baila reguetón. Creo que es urgente e indispensable que, desde aquello que llamamos izquierda, eso que suena muy antiguo y que ya nadie sabe qué significa, empecemos a darnos cuenta de que perdimos, que casi nadie nos cree, que casi nadie nos entiende, y que quizás, esa desconexión con la gente sea, en parte, nuestra responsabilidad. Sí, es cierto que nos enfrentamos a un enemigo inmenso, que tiene de su lado la riqueza, las armas y los medios de comunicación, pero también es cierto que, quizás, no todo lo que sucede en el mundo es culpa de los demás. Creo que es momento de pensar que, tal vez, nosotros también somos parte del problema y no de la solución. Aprovecho el show de Benito para pensar en eso llamado batalla cultural y para pensar en cómo la estamos encarando nosotros (sin saber muy bien quienes somos nosotros). No voy a hablar del enemigo, no voy a darme latigazos mientras me escandalizo porque el fascismo está de moda, ni voy a hablar de Trump y sus secuaces universales. Creo que no hace falta hablar porque es evidente, porque ellos mismos se sacaron las caretas y dejaron atrás ese estúpido lenguaje de las democracias que casi nunca lo son, y arrojaron lejos las máscaras de lo políticamente correcto. Hoy invaden países para llevarse su petróleo, y lo dicen. El fin de la hipocresía de las ultraderechas deja a los progresismos muy desubicados, intentando mantener las formas y las mentiras mientras las reglas del juego exigen, o al menos, nos dan la posibilidad de decir